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Por qué ya no intento ser un hombre “de verdad”

Siempre me sentí distinto de los otros tipos, toda la vida. Siempre había algunos que eran “más hombres”, que tenían más “hombría” que yo. Un día, leí un libro feminista que me cambió la vida. Básicamente decía que no existían los “hombres reales” y las “mujeres reales” y que el género era una ficción social. Fue entonces que dejé de sentirme tan ansioso sobre si podía estar a la altura de lo que se esperaba como estándar de hombría. Y fue entonces que descubrí una nueva fortaleza personal.

A lo largo de los años esa fuerza creció, hablando con muchos varones que también habían sido criados en esta creencia de “La Hombría” y por lo tanto, intentaban con todas sus fuerzas ser “hombres de verdad”. Todos los hombres con los que hablaba creían que había otros hombres con más Hombría que ellos, más Hombría de la que ellos podrían aspirar a tener.

Y entonces pensé: Si todos los que están tratando de ser un “hombre de verdad” creen que hay otra gente por ahí que tiene más hombría que ellos , entonces, o bien hay algún tipo por ahí con más hombría que nadie, y tiene tanta hombría que jamás tiene que probarla o demostrársela a nadie, porque jamás está en duda, o eso de la hombría no existe, y es solamente un engaño y un delirio.

Al ver tipos tratando de probar sus fantasías de hombría -ya sea ensuciando mujeres, burlándose de los queers, o humillando personas de otras razas y religiones – me di cuenta de que estaban haciéndome daño a mí también, porque su miedo y odio de todo lo que no tuviera esa hombría estaba anulando partes de mí que yo valoraba.

Y ahí sentí la conexión con el feminismo. Quiero una humanidad que no se mida contra un estándar basado en el culto a la masculinidad. Quiero una personalidad que no niegue partes de mí solo porque no tienen “hombría”. Quiero la valentía para confrontar las cosas que los hombres han hecho en este mundo que han sido dañinas para las mujeres y que además no han dejado lugar seguro alguno para el “yo” que espero ser.

El tipo de conexión sexual que siempre quise tenía que ver con la igualdad y la justicia. Siempre pensé que esa era la parte más sexy del sexo – el sentimiento más profundo que pudiera ser posible entre dos personas. Pensé que el sexo y la justicia debían estar intrínsecamente unidos, aun antes de conocer la palabra “feminismo”.

Cuando comencé a ver cómo la pornografía hace que la dominación y subordinación se vean “sexy” – que es el exacto opuesto de la justicia y la igualdad, eso también me afectó de una forma personal. Se me había enseñado que la dominación era lo que hacían los “hombres de verdad” cuando tenían relaciones sexuales, que la dominación era lo que se suponía que yo tenía que hacer en la cama. El hombre tenía que ser el conquistador, el cogedor poderoso. Bueno, a mí eso nunca me salió del todo bien, y me sentía un fracaso.

Cuando comencé a oír a amigas mujeres que habían sido golpeadas, que habían sido violadas, fue muy perturbador. Todavía lo es. Entiendo desde adentro algo de lo que los hombres hacen a las mujeres, y parte de eso no es parte de mí para nada. Pero solamente porque el odio sexualizado no es una gran parte de mí no quiere decir que no sea real en el mundo. Gran parte de la sexualidad masculina se tuerce y convierte en algo muy hostil, la animosidad es casi una pre-condición para los sentimientos sexuales y la violencia es como el juego previo. Eso es completamente ajeno a mí – no es algo que me pueda imaginar haciendo – pero sé que debo tomar con seriedad el hecho de que sucede, y de que muchos hombres lo hacen porque los hace sentir hombres “de verdad”.

Cuando me siento realmente centrado, es como si mi personalidad, mi “yo” no tuviera género. En el mundo, por supuesto, se me percibe como hombre; vivo con los beneficios y privilegios del significado social de mi anatomía. Pero el camino de mi vida consiste en negarme a ser un hombre. Ni siquiera creo que la hombría exista. La única manera de probar la hombría de uno es ganar una pelea, o dominar a alguien – algo tan tonto que ni vale la pena mencionar. Y cualquiera que intente conectarse con esa “masculinidad profunda” a través del mito, será inevitablemente decepcionado – porque la hombría es el mayor de todos los mitos.

Hoy mi vida tiene que ver con tratar de hacer lo correcto, lo mejor que pueda. Puedo errarle, pero siempre mantener contacto con las consecuencias de mi elección, siempre saber lo más que pueda sobre a quién va a afectar mi elección y permanecer atento a eso. Experimento mi auténtica personalidad, mi verdadero “yo”, solamente en la historia de mis elecciones, en la acción, en la manera en la que hago las cosas y en la responsabilidad que acepto por haber actuado o por no haber actuado. Descubrí que la clave no es tomar decisiones bajo la premisa de si eso me hará “más hombre”. Por el contrario, tomo decisiones porque parecen lo más justo de hacer, lo que más considera las personalidades, los “yos” de todos, incluyendo el mío propio.

John Stoltenberg es un activista, académico, autor y editor norteamericano, comprometido con el feminismo y la erradicación de la violencia sexual. Fue el compañero de vida de Andrea Dworkin. Sus obras incluyen ensayos, artículos y novelas, entre los que se incluyen:  “Negándose a Ser Hombre: Ensayos sobre Sexo y Justicia” (Refusing to Be a Man: Essays on Sex and Justice),”El Final de la Hombría: Parábolas sobre Sexo y Personalidad” (The End of Manhood: Parables on Sex and Selfhood) y “¿Qué tiene de sexy la pornografía?” (What Makes Pornography ‘Sexy’?), entre otros.

Este artículo fue escrito originalmente por invitación de Consolidated para el fanzine relacionado con el álbum Business of Punishment.


Tomado del blog No es no

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Large labia project

There is nothing more empowering that knowing your own body, so today I want to share the story of Emma and her project about vulvas and labias

labia project

(Taken from the labia project)

I’m Emma. I’m an ordinary girl. I’m Australian, with Italian heritage. I am very sexual, flirty, sometimes deviant, but otherwise pretty normal.

I have medium-large labia. I have meaty outer lips, & asymmetrical inner lips with one longer than the other. One is smooth. One is a bit wrinkly. Yet I love my labia. But some women don’t love theirs for a number of reasons. This blog is all about showing the beauty of large, long, thick, fleshy vulva. I’ll be showing pictures of my labia and I’d like you to submit your stories, your feelings and photos of your labia too, and together we’ll help each other and other women feel better about ourselves.
http://largelabiaproject.org/

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El feminismo me ayudó a aceptar mi cuerpo, a sentirme feliz en él, aunque esté en silla de ruedas

Entrevista a la periodista cubana Isabel Moya 

¿Cómo ha influido el feminismo en la relación que tienes con tu cuerpo?

Yo tengo una discapacidad física, una enfermedad que me impide asimilar el calcio, por lo que tuve que usar aparatos para caminar hasta los 12 años. Después hubo que operarme las piernas, así que he tenido cicatrices. Yo diría que la propia representación del cuerpo me hizo acercarme al feminismo. En mi casa me criaron con mucho cariño y reforzaron mi autoestima. Tengo un hermano menor y nos criaron igual, sin lástima y sin sobreprotección. En mi casa naturalizaron que las personas son diferentes. Mi madre siempre hace un cuento: pasaba por la tele una novela, ‘Enrique de Lagardere’, cuyo protagonista se disfraza de un jorobado, Esopo. Todas las niñas querían ser la princesa, y todos los varones Enrique de Lagardere. Yo decía toda contenta: “¡Yo soy Esopo! ¡Yo soy Esopo!”, y mi madre lloraba, pero yo le digo que eso quiere decir que me quería como era.

Siempre fui un poco transgresora. No me ponía a intentar seguir lo que todo el mundo hacía porque yo ya era diferente. Tenía dos opciones: o sufría todo el tiempo o hacía de mi diferencia un motivo de orgullo, como el orgullo gay. Fui una protofeminista: no tenía ni idea de feminismo pero me sentía muy empoderada. Después caí en la revista Mujeres de pura casualidad y al principio me parecía que no tenía nada que hacer ahí. El verdadero periodismo me parecía el de política. Pero cuando empecé a hacer reportajes, a conocer la teoría de género y a feministas latinoamericanas, descubrí que eso era lo que había pensado siempre sin haberlo sistematizado.

El feminismo ha sido muy importante en mi vida profesional y personal. Juan Carlos y yo llevamos como 25 años juntos y hemos constituido una relación de pareja totalmente atípica. Cuando me propuso matrimonio, le contesté: “No te cases conmigo porque yo no creo en el matrimonio tradicional”. Me dijo: “Está bien, yo ya he pasado por un matrimonio tradicional”. A mí me dicen: “Cuida a Juan Carlos”. Nadie le dice: “Juan Carlos: cuida a Isa”.  Cuando tuve a la niña estuve todo el embarazo acostada, y después pasé seis o siete meses sin caminar. Tenía muchos dolores pero no podía medicarme porque quería amamantar a la niña. Fue Juan Carlos quien la bañaba y desempeñaba los roles considerados tradicionales femeninos. Si Juan Carlos tiene una exposición, él trabaja y el resto asumimos las tareas. Si yo estoy escribiendo un libro, ellos se encargan. Así  veo las cosas, se trata de crear un espacio en el que cada quien pueda desarrollarse.

El feminismo me ayudó mucho a aceptarme, a decir: “Este cuerpo es mío, en este cuerpo habito y lo quiero como es”. La discapacidad ha ido avanzando: después de tener a la niña empecé a usar muletas, y ahora voy en silla de ruedas. Y yo me siento muy feliz con mi cuerpo. Acabo de cumplir 50 años.

¿Cómo has vivido esos cambios físicos?

Noté un gran cambio cuando tuve a la niña. Yo era una persona delgada, muy activa, pero después tuve una hernia en el vientre, hubo que hacerme una histerectomía… El cuerpo sufrió mucho, no podía hacer ejercicio, así que no lograba bajar de peso. Sin embargo, también lo asumí con mucha normalidad. Al contrario que para otras mujeres, la hiserectomía no fue el fin del mundo para mí; incluso me quitó la preocupación de quedarme embarazada, porque mi cuerpo no podía sobrellevar otro embarazo.

Hay que cuidar el cuerpo para tener calidad de vida, pero estoy en contra de la dictadura sobre los cuerpos. El control sobre el cuerpo de las mujeres es una forma en la que el patriarcado se reproduce en tiempos en los que el discurso de lo políticamente correcto habla de igualdad para las mujeres. Como dice Susan Sontag, creo que las discapacidades y la enfermedad se representan de una forma muy peyorativa. La propuesta que nos imponen es la de un cuerpo delgado, eternamente joven, bello (según cierto paradigma), en el que no cabe huella alguna de los procesos considerados como enfermedades.

¿Cómo vives el control de la feminidad, que sigue tan vigente en Cuba?

Yo no soy de pintarme las uñas, pero me encanta pintarme los ojos. Estoy en contra de cualquier dictadura. No creo ni en la dictadura del cuerpo ni en esa que dice que si eres feminista no puedes pintarte las pestañas. Muchas veces mis auxiliares me cuestionan por no ser lo suficientemente tradicional. Me quieren peinar varias veces al día porque consideran que nunca estoy bien peinada. Pero a mí eso no me interesa.

Y eso sí: yo no juzgo a las personas por su físico ni por cómo se visten. Jamás. Fui tutora de la tesis de un alumno que estaba lleno de tatuajes. Muchas personas me decían: “¿Pero tú le vas a tutorear?”. Pues sí, claro, era un alumno brillante y hoy es un fotógrafo destacadísimo. Una de las cosas más terribles que ha dejado la sociedad dividida en clases es el concepto de normalidad, o el de decencia. Si tú decides ponerte un mechón de pelo verde, eso te pone en el punto de mira. En la revista se puede trabajar como cada una quiera. Tengo desde una señora de sesenta años que viene con su falda, hasta una joven diseñadora con un enorme tatuaje de Betty Boop. Somos una comunidad muy diversa, y nos respetamos.

También me parece importante estudiar cómo el cuerpo de los hombres empieza también a ser normado, aunque no tanto como las mujeres. La idea de eterna juventud está cayendo como una espada de Damócles también sobre ellos. Aunque determinados comunicadores y personalidades peinan canas como símbolo de estatus, para la mayor parte de los hombres y mujeres llegar a los 50 supone un momento de crisis de cara a buscar un nuevo empleo o seguir formándose. Tenemos un modelo que está negando el natural devenir de la vida humana, buscando un ser humano irreal que crea problemas no sólo en las mujeres sino también en los hombres, que tradicionalmente han sido educados como proveedores. Así, esa crisis de los hombres desencadena crisis en la propia pareja, lo cuál propicia casos de violencia de género. No digo que la violencia sea resultado de la crisis de identidad, pero sí que creo que esa presión lastra la autoestima de los hombres y repercute en cómo ejercitan el poder sobre las mujeres.

Tomado del blog  Mari Kazetari

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Ser feminista es rebelarse a lo establecido para ser feliz

Entrevista a Victora Aldunate, integrante del colectivo feminista chileno “Memoria Feminista”
C.J.: Victoria se habla mucho sobre “violencia doméstica o violencia intra familiar” hacia las mujeres, pero poco sobre esa violencia estructural hacia nosotras. ¿Puedes hablarnos un poco de esto?La Violencia estructural contra las Mujeres es una forma de control y dominio patriarcal, no es la excepción, si no la regla de un sistema que desvaloriza a las mujeres y a todo lo femenino. La Violencia estructural tiene que ver con que No Existe Ninguna Mujer Que No Viva Violencia. La que cree que no la ha vivido es que no ha aprendido a ver, es que está tan desconectada de su cuerpo que no logra identificar lo que siente y ha normalizado las burlas, la venta de lo que sea a costa del cuerpo de las mujeres, la subvaloración, el despojo de la tierra, el territorio, el dinero, de su propio trabajo doméstico que en el patriarcado no se cuenta como trabajo. El trabajo doméstico impago de las mujeres subvenciona gran parte de la riqueza del mundo, pero en las cifras mundiales somos las más pobres de los pobres. De los 1.300 millones de pobres absolutos que reconoce la FAO, el 70 por ciento son mujeres, el resto sus wawas. Los hijos e hijas, se dice, heredarán la pobreza de sus madres. No es sólo la Violencia llamada doméstica, no es la “intrafamiliar” que sólo toma en cuenta a las mujeres en cuanto “esposas”, “madres” o “hijas” y deja fuera a las mujeres en prostitución, a las lesbianas, a las luchadoras perseguidas y castigadas en su cuerpo de mujer con el abuso sexual, a las trabajadoras de las maquilas acosadas y burladas por los patrones y capataces, a las mujeres jóvenes que no son esposas ni madres de los hijos del agresor, si no una novia, por ejemplo, sin lazos familiares…. La Violencia estructural es simbólica cuando usa a las mujeres para vender una cerveza, es económica, es física, es sexual, en machista, de pareja o no. Se trata de una manera de ver y tratar a las mujeres por ser mujeres. La mitad de las mujeres que mueren por homicidio mueren por femicidio, es decir a manos de hombres que han sido sus parejas, sus proxenetas, sus amantes, sus novios, etc. Los hombres matan a las mujeres porque ellas no hacen lo que ellos creen que debe hacer una mujer. Y los hombres matan a los hombres también, muchos hombres mueren en riñas… El patriarcado es violento por definición, la Violencia es estructural, ejercida desde el Estado y muchas de las iglesias.C.J.: ¿Cuál es la importancia de trabajar cuerpo, imagen, emoción y violencia?

La importancia, como yo lo veo, radica en que en la medida que las mujeres hacemos autoconciencia corporal comenzamos a conectarnos con nosotras mismas, y así mismos a reconocer nuestros límites, lo que no queremos, lo que no aceptamos, los que nos gusta y lo que no. De esa manera aprendemos a resistir el patriarcado y las más osadas a rebelarnos a él. Aprendemos a ver, a descubrir la violencia y crear y re-crear un mundo como queremos, como nos parece digno, respetuoso y amable. Eso se hace, desde donde yo trabajo, la gestalt y el feminismo, de muchas maneras, pero una de las que más me gustan son los talleres de autoconciencia que revisa los recursos emocionales y afectivos de cada una para fortalecernos y comenzar a decidir en vez de asumir un orden patriarcal de control y dominios sobre nuestros cuerpos y nuestra dignidad. Estos talleres a menudo facilitan ver aquello que antes no veíamos porque era parte de lo que nos enseñaron que era normal y nos agredía, sobre eso trabajo desde el feminismo.

C.J. A pocas/os nos resulta extraño el término feminismo y feministas, pero partamos de una definición 

El feminismo es antes que nada una propuesta ética y política de mujeres para toda la humanidad, es también una propuesta revolucionaria porque plantea un cambio radical social. Es un movimiento social, activismos, también son elaboraciones teóricas y creaciones prácticas. El feminismo ha desarrollado otro paradigma sobre cuerpo, sexualidad, deseos, comunidades e individuas. Mantiene otro paradigma sobre el mundo entero porque no hay temas de mujeres o temas feministas, todos los temas del mundo son nuestros porque las mujeres somos la mitad de la Humanidad -la mitad de cada pueblo como dice Julieta Paredes(2)- y todo, desde la economía hasta el amor nos importa porque todo es parte de nuestra vida igual que de la vida de los hombres. En lo teórico tiene elaboraciones específicas como el concepto de Patriarcado, Femicidio o el enfoque de Género. Justamente conceptos como el Género han sido cooptados, o sea robados por el sistema patriarcal y neoliberal y en ese punto por ejemplo ha surgido la discusión sobre autonomía e institucionalidad en el feminismo…

C.J.: Desde hace años se habla de un quiebre interno entre feministas autónomas y las institucionales. ¿Puedes explicar las razones de esa bifurcación y las líneas ideológicas que las diferencian?

Sucede que conceptos como el Género han sido vaciados de su contenido político y esto ha sido posible gracias a “expertas” y “expertos” que han tomado estos conceptos y los han reciclado entregándolos a instituciones patriarcales. Ahora resulta que el Banco Mundial, responsable de la pobreza selectiva de las mujeres(3) tiene enfoque de género, las empresas trasnacionales más explotadoras y depredadoras dicen que tienen enfoque de Género, y estados persecutores de los pueblos indígenas como el Estado Chileno tiene políticas de Género, etc. Se maquillan a costa de un concepto arrancado al feminismo, con la complicidad, muchas veces, de instituciones como algunas ONG y algunos movimientos que no discriminan entre activismo y proyectos. A partir de estas críticas -y otras- es que en Latinoamérica, el 96 en Cartagena de Chile, en el VII Encuentro feminista se explicita la corriente autónoma diciendo que institución no es feminismo. Hemos cuestionado las políticas llamadas de género y hemos revelado el contenido patriarcal de estas políticas que no hacen más que actuar como una especie de calmante sin cambiar la situación real de las mujeres. El feminismo autónomo es autónomo de toda institución, no somos “expertas”, ni académicas, ni patronas de ONG, independiente de que podamos trabajar remuneradamente en esos trabajos, pero nuestro activismo no es remunerado ni defiende intereses institucionales. Claramente el feminismo no puede aliarse con las derechas que son quienes defienden los intereses de los grupos de poder, los que ejercen el poder y el dominio sobre los y las explotadas, sobre los y las oprimidas…. El feminismo radical históricamente surge de las izquierdas, de mujeres que reconocen el patriarcado dentro de sus compañeros, pero no por ello reniegan de la revolución. Y en nuestro continente surge de mujeres perseguidas y denunciantes y ex presas políticas de dictaduras fascistas y neoliberales.

C.J.: Otra de las reflexiones que el feminismo realiza, es no dicotomizar la vida privada y la pública, aparte de explicarnos un poco esto, puedes decirnos ¿que ha aportado el feminismo en tu vida?

Respecto a no dividir lo público y privado, las feministas explicamos que lo personal es político, la violencia de pareja no es un “problema personal”, es un problema político, cultural, público de una sociedad que permite la violencia contra las mujeres.

Creo que lo más importante que me ha aportado el feminismo en mi vida, es la libertad real de actuar y ser como siento y quiero. Cuando eliges ser feminista tienes que elegir entre los costos que significa no serlo y los costos que tiene ser feminista, porque todo tiene sus desafíos -además de placer y alegría-. Los costos de No ser feminista tienen que ver con actuar bajo las reglas patriarcales y neoliberales de consumo, clasismo y arribismo, bajo esa tonta idea de “familia bien constituida” que no se sabe muy bien qué es porque en esas familias “bien constituidas” muchas veces se oculta maltrato, diversas situaciones que producen dolor a sus integrantes y hasta aburrimiento. Y ser feminista significa rebelarse a todo eso para ser feliz respondiendo a las propias necesidades y deseos. Eso, claro, a muchos no les gusta y te hacen zancadillas, pero quienes de verdad te quieren están contentos y contentas de verte feliz, cercana, dispuesta también a seguir ideales y a jugarse por ellos. Ser feminista es una postura de vida que involucra todo lo que una hace, construye y siente, lo que una ama, lo que a una le gusta. No creo en un feminismo académico que teoriza por un lado y, en cambio, en la vida cotidiana asume el imaginario y la estética patriarcal, que por lo demás me parecen feos. Digo que no le regalo muñecas barbies a mi hija, ni llevo a mis niños a comer a los burger inn gringos. El feminismo es práctica de vida, y yo soy feminista en mis relaciones afectivas, como madre, hija, pareja, amiga, como compañera de trabajo, como observadora del mundo también. Creo que ser feminista, es revelarse contra lo establecido, para ser feliz, lo establecido, son esas cosas que se supone debes hacer o tolerar aunque no quieras y las creas tontas, hipócritas o humillantes, aunque te hagan daño… Por ejemplo, tolerar chistes machistas que te denigran, servir a todo el mundo todo el tiempo, aunque estés cansada porque si no la familia de tu marido va hablar mal de ti, asumir un matrimonio que ya no te da alegría por callarle la boca al qué dirán.

C.J.: Desafortunadamente y por diversos motivos, dentro del imaginario colectivo el feminismo es concebido como una especie de revancha de mujeres contra hombres. ¿Puedes aclarar esta confusión?

Si, en muchas partes del mundo circula esta idea del feminismo como revancha de las mujeres contra los hombres, y esto indica falta de información. Así como el marxismo no es revancha de los empobrecidos contra los ricos si no otra propuesta, ni el indigenismo es revancha de los indígenas, el feminismo no es revancha de las mujeres. Lo que pasa es que a quienes están acostumbrados por siglos a tener el poder y no ser cuestionados seriamente cualquier denuncia o pronunciamiento les parece una “herejía”, una amenaza grave. No soportan no seguir teniendo el toro por las astas y construyen esos mitos para desprestigiar cualquier pensamiento y acción que desafíe su poder y sus privilegios.

Publicado por  Carmen Julia F. Heredia Cavero en el diario Correo del Sur, y tomado de la web de Rebelion

 

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Por qué soy un hombre feminista

"Así es como se ve un feminista". Obama en la portada de la revista Ms. en  2009

“Así es como se ve un feminista”. Obama en la portada de la revista Ms. en 2009


Cuando era pequeño, mi madre y mi padre solían discutir mucho. Algunas mañanas me despertaba con el sonido alarmante de mis padres gritándose. La discusión continuaba hasta que mi padre gritaba “¡Y se acabó!No voy a seguir hablando más de esto”. La disputa acababa justo ahí. Mi madre nunca tuvo la última palabra.

Los gritos de mi padre hacían encogerse a mi madre; yo quería hacer algo para parar esa furia proyectada contra ella. En aquellos momentos, me sentía impotente porque era demasiado pequeño para enfrentarme a mi padre. Aprendí muy pronto que la fuerza y el poder intimidaban a mi madre. Nunca vi a mi padre golpearla, pero sí presencié lo hirientes que podían ser sus golpes verbales cuando caían sobre la psique de mi madre.

Mi padre no maltrataba siempre a mi madre, pero cuando lo hacía, me identificaba con el dolor de ella, no con la agresividad de él. Cuando le hacía daño, me hacía daño a mí también. Mi madre y yo teníamos un vínculo muy especial. Era divertida, inteligente, cariñosa y hermosa. Era muy buena escuchando, y me hacía sentir especial e importante. Y cada vez que la cosa se ponía fea, ella era mi roca y mi base.

Una mañana, después de que mi padre le gritara a mi madre durante una discusión, ella y yo nos quedamos en el baño, solos, preparándonos para el día que nos esperaba. La tensión en la casa era tan espesa como una nube de humo negro. Sabía que mi madre estaba disgustada. “Te quiero, Mamá, pero ojalá tuvieras un poco más de valor cuando discutes con Papá”, le dije lo suficientemente bajo para que él no pudiera oirme. Ella me miró, acarició mi espalda y forzó una sonrisa.

Tenía tantas ganas de que mi madre se defendiese a sí misma… No entendía por qué tenía que rendirse a él cada vez que peleaban. ¿Quién era él para sentar las normas de la casa? ¿Qué le hacía tan especial?

Crecí resentido por la dominación de mi padre en casa, incluso queriéndole tanto como quería a mi madre. Su ira y su intimidación consiguieron impedir que mi madre, mi hermana y yo expresáramos nuestra opinión cada vez que no coincidían con la suya. Algo en esa desigualdad de su relación me parecía injusto, pero a una edad tan joven, no podía expresar qué.

Un día, mientras estábamos sentados en la mesa de la cocina tras una de sus discusiones, mi madre me dijo: “Byron, nunca trates a una mujer como tu padre me trata a mí”. Ojalá la hubiese escuchado.

Conforme fui creciendo y tuve mis propias relaciones con chicas y mujeres, a veces me comporté como vi a mi padre comportarse. Yo también me volví defensivo y verbalmente agresivo cada vez que una chica o una mujer con la que salía me criticaba o me desafiaba. Denigraba a mis novias controlando su peso o la ropa que elegían ponerse. En una relación en particular durante la universidad, usé frecuentemente mi corpulencia para intimidar a mi novia, echándome sobre ella y gritándole para defender mi punto de vista.

Había asimilado lo que había visto en casa y me estaba convirtiendo lentamente en aquello que había despreciado siendo niño. Aunque mi madre intentó enseñarme mejor, yo, como muchos chicos y hombres, me sentí en mi derecho de maltratar al género femenino cuando me beneficiaba.

Tras graduarme en la universidad, necesitaba un trabajo. Supe de un nuevo programa de sensiblización que estaba por lanzarse. Se llamaba Los Mentores en el Proyecto de Prevención de Violencia. Siendo un estudiante-atleta, ya había hecho sensibilización comunitaria anteriormente, y el Proyecto MPV me pareció un buen plan mientras que encontraba un trabajo en mi campo, el periodismo.

Fundado por Jackson Katz, el Proyecto MPV se diseñó para utilizar el prestigio de los atletas para convertir la violencia de género en algo inaceptable. Cuando me entrevisté con Katz yo no sabía que el proyecto era un programa de prevención de la violencia de género. Si lo hubiese sabido, probablemente no hubiese ido a la entrevista.

Así que cuando Katz me explicó que estaban buscando a un hombre para ayudar a institucionalizar el currículo basado en la prevención de la violencia de género en institutos y facultades de todo el país, casi me vuelvo por donde había venido. Pero durante la entrevista, Katz me hizo una pregunta muy interesante: “Byron, ¿cómo crees que beneficia la violencia de los afroamericanos hacia las afroamericanas a nuestra comunidad?”.

Nunca nadie me había hecho esa pregunta antes. Como hombre afroamericano profundamente preocupado por los problemas de raza, nunca había pensado demasiado sobre cómo el abuso emocional, las palizas, las agresiones sexuales, el acoso en la calle y las violaciones afectan a una comunidad entera, tal y como el racismo hace.

Al día siguiente, asistí a un taller sobre prevención de la violencia de género facilitado por Katz. Allí planteó una pregunta a todos los hombres en la sala: “¿Qué cosas hacéis para protegeros de ser violados o agredidos sexualmente?”

Ni un solo hombre, incluido yo, pudo responder rápidamente la pregunta. Finalmente, un hombre levantó la mano y dijo: “Nada”. Entonces Katz preguntó a las mujeres: “¿Qué cosas hacéis para protegeros de ser violadas o agredidas sexualmente?” Casi todas las mujeres en la sala levantaron su mano. Una a una, cada mujer testificó:

“No establezco contacto visual con hombres cuando camino por la calle”, dijo una.

“No dejo mi copa sin vigilar en las fiestas”, dijo otra.

“Uso el apoyo de mis amigas cuando voy a fiestas”.

“Cruzo la calle cuando veo a un grupo de tíos caminando hacia mí”.

“Uso mis llaves como un arma en potencia”.

“Llevo conmigo un spray de autodefensa”.

“Vigilo qué ropa me pongo”.

Las mujeres continuaron durante varios minutos, hasta que su parte de la pizarra estuvo completamente llena de respuestas. El lado de la pizarra de los hombres estaba en blanco. Me quedé estupefacto. Nunca había oído a un grupo de mujeres decir esas cosas antes. Pensé en todas las mujeres que había en mi vida (incluyendo a mi madre, mi hermana y mi novia) y me di cuenta de que tenía mucho que aprender sobre género.

Días después de ese taller, Katz me ofreció el trabajo como especialista mentor-formador, y lo acepté. Aunque no sabía mucho sobre temas de género desde un punto de vista académico, rápidamente aprendí en el trabajo. Leí libros y ensayos de bell hooks, Patricia Hill Collins, Angela Davis y otras escritoras feministas.

Como la mayoría de hombres, me había tragado el estereotipo de que todas las feministas eran blancas, lesbianas, ataca-varones poco atractivas que odiaban a los hombres. Pero después de leer los trabajos de todas esas feministas negras, me di cuenta de que esto estaba muy alejado de la realidad. Tras investigar a fondo su trabajo, llegué a respetar de verdad la inteligencia, coraje y honestidad de estas mujeres.

Las feministas no odiaban a los hombres. De hecho, les querían. Pero tal y como mi padre había silenciado a mi madre durante sus discusiones para evitar escuchar sus quejas, los hombres silenciaron a las personas feministas, denigrándolas y haciendo oídos sordos sobre quiénes somos en realidad.

Aprendí que las feministas ofrecían una importante crítica sobre una sociedad dominada por los varones que, rutinaria y globalmente, trataba a las mujeres como ciudadanos de segunda clase. Ellas decían la verdad, e incluso siendo un hombre, su verdad me hablaba a mí. A través del feminismo, desarrollé un lenguaje que me ayudó a expresar mejor cosas que había experimentando creciendo como un hombre.

Los escritos feministas sobre el patriarcado, el racismo, el capitalismo y el machismo estructural conectaban conmigo porque había presenciado de primera mano el tipo de dominación machista a la que ellas desafiaban. Lo vi de niño en mi casa y lo perpetué siendo adulto. Su análisis de la cultura y comportamiento de los hombres me ayudó a poner el patriarcado de mi padre en un contexto social más grande, y también me ayudó a entenderme mejor.

Decidí que me encantaban las feministas y abracé el feminismo. El feminismo no sólo da voz a las mujeres, sino que allana el camino a los hombres para liberarse del dominio de la masculinidad tradicional. Cuando herimos a las mujeres en nuestras vidas, nos herimos a nosotros mismos y herimos a nuestra comunidad también.

Según me fui haciendo adulto, el comportamiento de mi padre hacia mi madre cambió. Con la edad se suavizó, y dejó de ser tan poco razonable y tan verbalmente agresivo. Mi madre llegó a hacerse valer cuando estaban en desacuerdo.

Me impactó oírla decir la última palabra y que mi padre la escuchara sin enfadarse. Fue un gran cambio. Ninguno de ellos se consideraría a sí mismo feminista, pero creo que ambos aprendieron con el tiempo a ser individuos más completos que se trataban con respeto mutuo. Cuando mi padre murió de cáncer en 2007, lucía orgullosamente por la ciudad una gorra de béisbol que yo le había regalado y que decía: “Acaba con la violencia hacia las mujeres”. ¿Quién dice que los hombres no pueden ser feministas?

Byron Hurt: Director de cine, escritor y productor musical.

Tomado de Proyecto Kahlo

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Why I Am a Male Feminist

President Barack Obama in the the cover of Ms. Magazine in 2009

President Barack Obama in the the cover of Ms. Magazine in 2009

I had internalized what I had seen in my home and was slowly becoming what I had disdained as a young boy. Although my mother attempted to teach me better, I, like a lot of boys and men, felt entitled to mistreat the female gender when it benefited me to do so.

After graduating from college, I needed a job. I learned about a new outreach program that was set to launch. It was called the Mentors in Violence Prevention Project. As a student-athlete, I had done community outreach, and the MVP Project seemed like a good gig until I got a real job in my field: journalism.

Founded by Jackson Katz, the MVP Project was designed to use the status of athletes to make gender violence socially unacceptable. When I met with Katz, I didn’t realize that the project was a domestic violence prevention program. Had I known that, I wouldn’t have gone in for the job interview.

So when Katz explained that they were looking to hire a man to help institutionalize curricula about preventing gender violence at high schools and colleges around the country, I almost walked out the door. But during my interview, Katz asked me an interesting question. “Byron, how does African-American men’s violence against African-American women uplift the African-American community?”

No one had ever asked me that question before. As an African-American man who was deeply concerned about race issues, I had never given much thought about how emotional abuse, battering, sexual assault, street harassment and rape could affect an entire community, just as racism does.

The following day, I attended a workshop about preventing gender violence, facilitated by Katz. There, he posed a question to all of the men in the room: “Men, what things do you do to protect yourself from being raped or sexually assaulted?”

Not one man, including myself, could quickly answer the question. Finally, one man raised his hand and said, “Nothing.” Then Katz asked the women, “What things do you do to protect yourself from being raped or sexually assaulted?” Nearly all of the women in the room raised their hand. One by one, each woman testified:

“I don’t make eye contact with men when I walk down the street,” said one.
“I don’t put my drink down at parties,” said another.
“I use the buddy system when I go to parties.”
“I cross the street when I see a group of guys walking in my direction.”
“I use my keys as a potential weapon.”
“I carry mace or pepper spray.”
“I watch what I wear.”

The women went on for several minutes, until their side of the blackboard was completely filled with responses. The men’s side of the blackboard was blank. I was stunned. I had never heard a group of women say these things before. I thought about all of the women in my life — including my mother, sister and girlfriend — and realized that I had a lot to learn about gender.

Days after that workshop, Katz offered me the job as a mentor-training specialist, and I accepted his offer. Although I didn’t know much about gender issues from an academic standpoint, I quickly learned on the job. I read books and essays by bell hooks, Patricia Hill Collins, Angela Davis and other feminist writers.

Like most guys, I had bought into the stereotype that all feminists were white, lesbian, unattractive male bashers who hated all men. But after reading the work of these black feminists, I realized that this was far from the truth. After digging into their work, I came to really respect the intelligence, courage and honesty of these women.

Feminists did not hate men. In fact, they loved men. But just as my father had silenced my mother during their arguments to avoid hearing her gripes, men silenced feminists by belittling them in order to dodge hearing the truth about who we are.

I learned that feminists offered an important critique about a male-dominated society that routinely, and globally, treated women like second-class citizens. They spoke the truth, and even though I was a man, their truth spoke to me. Through feminism, I developed a language that helped me better articulate things that I had experienced growing up as a male.

Feminist writings about patriarchy, racism, capitalism and structural sexism resonated with me because I had witnessed firsthand the kind of male dominance they challenged. I saw it as a child in my home and perpetuated it as an adult. Their analysis of male culture and male behavior helped me put my father’s patriarchy into a much larger social context, and also helped me understand myself better.

I decided that I loved feminists and embraced fehe minism. Not only does feminism give woman a voice, but it also clears the way for men to free themselves from the stranglehold of traditional masculinity. When we hurt the women in our lives, we hurt ourselves, and we hurt our community, too.

As I became an adult, my father’s behavior toward my mother changed. As he aged he mellowed, and stopped being so argumentative and verbally abusive. My mother grew to assert herself more whenever they disagreed.

It shocked me to hear her get in the last word as my father listened without getting angry. That was quite a reversal. Neither of them would consider themselves to be feminists, but I believe they both learned over time how to be fuller individuals who treated each other with mutual respect. By the time my father died from cancer in 2007, he was proudly sporting the baseball cap around town that I had given him that read, “End Violence Against Women.” Who says men can’t be feminists?

Byron Hurt is an award-winning documentary filmmaker and anti-sexist activist.

Published on The Root

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Untitled (Silences and hesitations)

“Seremos serias en la manera más alegre”, (María Zambrano). Esta frase sintentiza mi encuentro con el feminismo que me apartiene y con las femenistas que me han inspirado. Un femenismo de combate social, de inclusión. Y alegria.


When I presented “La regla de la música”, a radio show examining music and feminism(s), I conducted interviews with female composers and musicians. Often, when asked about female influences, these women would hesitate to answer. I used these silences and hesitations as the source material for a piece. I rendered it on cassette-tape and played it back to people in public spaces. Silence, over the language and its structure, could question or resist the dualism between genders. These particular silences musically empower the sounds of the environment and conceptually emphasise the hesitations of the official historiography to include women in musical canons.

Untitled (Silences and hesitations).
Performance: Anna Raimondo
Video editing: Camila Mello
Sound recording: Andrej Bako

www.annaraimondo.com

 

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